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Mindfulness en tiempos convulsos

Mi historia con el mindfulness empieza hace unos años cuando era supremamente infeliz en el trabajo. Llegaba a casa con sendos dolores de cabeza, noches de insomnio y mi cuerpo entero lleno de estrés.

Para sobrellevar mi día laboral, empecé mis estudios de especialización en Psicología Positiva. En una de las clases, uno de los profesores comentó sobre el mindfulness y sus hallazgos de la mano de neurocientíficos como el Dr. Richard Davidson, quien entre otros, han encontrado evidencia científica sobre las bases neuronales de la emoción. Fue entonces que escuché por primera vez una de las técnicas de meditación más antiguas de la India: VIPASSANA. Encuentra más información aquí

En esos momentos me encontraba tan intranquila que pensé que podía ser una solución para mis problemas existenciales, así que investigué sobre el tema. Grande fue mi sorpresa cuando encontré que había un grupo en el Perú.

Como la situación de la empresa donde trabajaba ya no era sostenible, decidí renunciar e inscribirme en el curso de diez días que brinda la comunidad, en dicho curso, enseñan los fundamentos teóricos y prácticos de la meditación, de la misma manera como se hacía desde los tiempos del mismo Buda.

Me inscribí en enero y fui convocada para participar en abril. Este retiro consistía en estar diez días en completo y absoluto silencio, sin celular, y en general desconectada del resto del mundo. Un entrenamiento mental que parte de aprender a mantener la atención gracias al enfoque en nuestra respiración.

Los días eran dedicados únicamente a la meditación. Pensaba que había que repetir mantras, cuando mi sorpresa fue que nos enseñaban a respirar, y a ver cómo cada pensamiento de furia o de enojo hace que la respiración se agite.

Uno podría pensar, qué tan difícil es estar en silencio y respirar. Sin embargo, al pasar el tercer o cuarto día se podía ver que algunas personas desistían del retiro y se marchaban.

Diez días en silencio, comiendo comida vegana, sin celular, radio, teléfono. No pasó nada. El mundo siguió rolando sin mí allá afuera. Fue un gran descubrimiento, ya que aprendí a modular mi respiración, a escucharme más, a estar más atenta a todo y a mí. Aprendí a controlar una fobia que tenía desde niña: las cucarachas. No las podía ver, no estaba tranquila hasta saber que alguien la había matado. Entre otras cosas aprendí a respetar a los seres vivos, partiendo por el hecho de que muchas veces somos nosotros quienes invadimos su habitad.

En esos días aprendí algo muy poderoso y que me acompaña hasta hoy:  Anicca, significa la ley de la impermanencia, es decir que nada es permanente. Se emplea también para entender que todo lo que hoy forma parte de tu vida ya sea positivo o negativo es impermanente, dicho en sencillo no durará para siempre.

Fue entonces que entendí el valioso ejercicio de aprender a apreciar cada momento de tu vida y que mientras que otros dicen: “Vivir al máximo”, yo les invito a “VIVIR EL PRESENTE”.

Si te digo que eso que te hace feliz en algún momento también puede tener la capacidad de hacerte supremamente infeliz cuando dejes de tenerlo.

En estos tiempos de pausa social, piensa en lo que más te molesta, qué es lo que más extrañas.

e invito a que hagas un ejercicio muy poderoso. Toma una hoja en blanco, lápiz y papel, inhala grande y exhala. Recuerda muy importante, hazlo siempre por la nariz, la nariz está hecha para eso, para respirar, la boca para comer y besar. 😉

Ahora haz tu propia lista de cosas que te gustaría hacer cuando esta etapa de aislamiento termine, crea tu propia lista de comidas, lugares que visitar, personas a quien buscar, abrazar y besar. Piensa en ese abrazo, ese te quiero y ese perdón que tienes pendiente y que hoy, en la época que todos vivimos, no te deja dar.

La lista puede ser tan específica como quisieras, ponle fecha de vencimiento, hazla solo o si quisieras en familia.

El ejercicio no solo te llenará de esperanza, sino que además será un shot de optimismo que de seguro te ayudará a superar esta etapa tan dura para todos.

 

 

 

 

Al terminar el retiro, y haber cumplido con la consigna de respetar el noble silencio, no podía hablar, me costaba mucho emitir sonidos. Salí con antojo de café, de yuquitas fritas y comer arroz con pollo. También de una ducha caliente. Y es que esos días solo comemos vegano, con poca sal, duchas sin agua caliente y sin poder tener contacto con las otras personas que hacíamos el retiro.

Finalmente entendí que el objetivo de tanta privación es que al salir empieces por valorar las cosas sencillas, básicas de la vida, esas cosas y personas que te hacen tan feliz y que al no tenerlas contigo luego aprendes a apreciar de una manera distinta; pero lo más importante aprendes a darle valor a cada momento y palabra que dices, porque aprendes del valor de no poder hacerlo.

Ese retiro y las enseñanzas las tengo siempre presentes. Ahora que estamos en este tiempo raro de cuarentena yo misma me he visto retada a retomarla y ahora decido compartirlo con ustedes. Darnos un tiempo alejados de la calle y algunas personas que queremos nos ayuda a valorar algunos aspectos que quizá teníamos relegados. Cuando el tema se regularice, qué rico será volver a los familiares y amigos, qué rico volver a comer ese plato. Tomar una chela o salir de noche. Dar ese beso y ese abrazo que dejaste pendiente.

Que estas privaciones hoy nos sirvan para valorar lo que tenemos cerca y también a lo que tenemos lejos.

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